En el marco de la celebración de un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, la Catedral Metropolitana fue el escenario de una homilía cargada de definiciones políticas y llamados a la pacificación nacional. Ante el presidente Javier Milei y los principales integrantes de su gabinete de ministros, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, pronunció un enérgico discurso en el que cuestionó con dureza el clima de confrontación constante y advirtió sobre la delicada realidad socioeconómica que atraviesa el país.
El tradicional Tedeum se desarrolló en un contexto de particular expectativa política, evidenciado por la ausencia de la vicepresidenta Victoria Villarruel, lo que sumó un elemento de atención a la jornada litúrgica.
La metáfora de la parálisis y el peso de la crisis
Inspirándose en el pasaje bíblico que relata la curación del paralítico de Cafarnaúm por parte de Jesús, monseñor García Cuerva trazó un crudo paralelismo con el presente de millones de argentinos. El prelado señaló que, del mismo modo que el personaje del evangelio, una gran parte de la sociedad se encuentra hoy «postrada» y «paralizada» en sus expectativas de futuro, despojada de su dignidad tras años de carencias crónicas.
«Muchos hermanos experimentan estar paralizados en sus esperanzas, en sus oportunidades, en su dignidad. Desde hace muchos años se sienten postrados, tirados al borde del camino de la vida», enfatizó el arzobispo.
No obstante, lejos de limitar la responsabilidad a la actual gestión económica, García Cuerva optó por una mirada sistémica del problema. Expresó que la parálisis social de la nación es un flagelo de larga data cuyas consecuencias deben ser asumidas por la dirigencia en su conjunto, sin caer en la búsqueda simplista de chivos expiatorios de turno.
Un freno al individualismo y la cultura del descarte
Uno de los pasajes de mayor tensión e impacto político de la homilía estuvo dedicado a la desintegración de los lazos comunitarios. El arzobispo advirtió sobre la amenaza latente de un «desmembramiento social» promovido por sectores con intereses ajenos a las verdaderas urgencias populares. En este punto, fue contundente al rechazar cualquier salida individualista ante la crisis:
«El sálvese quien pueda no es más que la expresión de un individualismo cruel que rompe los vínculos de fraternidad y descompone a la nación».
Haciendo eco de las enseñanzas del Papa Francisco, bajo la premisa de que «nadie se salva solo», el prelado insistió en la necesidad de blindar socialmente a los sectores más desprotegidos frente al impacto de los ajustes económicos. Mencionó explícitamente a los jubilados, los niños, los enfermos, las personas con discapacidad, los trabajadores informales y los jóvenes víctimas de los consumos problemáticos como prioridades impostergables de cualquier política soberana.
Contra la confrontación sistemática y las hostilidades virtuales
García Cuerva no pasó por alto el modo en que se desenvuelve el debate público actual. El arzobispo apuntó directamente contra lo que denominó «el terrorismo de las redes sociales», criticando la proliferación de discursos difamatorios, la descalificación del oponente y las lógicas del odio que deterioran la convivencia democrática.
- Reclamo de templanza: Exigió a toda la dirigencia —incluyendo al Poder Ejecutivo nacional— mayor responsabilidad en el uso de la palabra y el fomento de la amabilidad frente a las agresiones permanentes.
- Exigencia de diálogo real: Subrayó que la fe del pueblo argentino, el cual sigue resistiendo y «poniéndose la patria al hombro», merece ser correspondida por una clase política capaz de reconciliarse y sentarse a dialogar genuinamente.
Al concluir, el arzobispo de Buenos Aires renovó sus votos por una Argentina donde las palabras de confrontación cedan definitivamente el paso al lenguaje de la esperanza, la paz y el encuentro comunitario.

